Banyi Yampin

Saltar al vacío no es para cualquiera. No se puede hacer a la ligera así como si nada. Uno piensa que es cosa fácil, pero no. Se te tensan hasta las pestañas cuando ves que el piso se te viene encima, y se pone brava la cosa cuando sentís que el planeta entero se te cae en la cabeza, pero al revés. Yo lo hice, me animé, y acá estoy. No te morís ni nada, en el momento te parece que sí, ojo, pero no.

Viéndolo a la distancia puedo decir que lo peor de todo no fue saltar, fue el camino, lo previo, la expectativa. La incertidumbre. Ni bien puse un pie en la pasarela de fierro y vi al instructor parado en el otro extremo llamándome con tranquilidad y cara de verdugo se me vino el mundo abajo. Incliné la vista al suelo y pude ver al río, ese río ancho cuyas orillas están a unos largos metros de distancia, tan chico y angosto como el caudal de agua que corre por la cuneta cuando llueve fuerte y las bocas de tormenta no dan pie con bola.

Di unos pasos arriba de la tarima desconfiado de que un golpe del destino, ayudado por la falta de mantenimiento del lugar, haga que todo se desprenda y se vaya al diablo. Los pies se movían lentos y titubeantes, avanzando de a pocos centímetros. Poco a poco los abría y los alejaba el uno del otro para ganar mejor apoyo. Lentos pero firmes. Despacio pero seguro. Las dos manos se deslizaban sobre los caños de las barandas sin despegarse nunca de ellas. Transpiraban. Daban ligeros movimientos cortos de avance para mantener el equilibrio mientras seguía caminando. Ya estaba ahí, con casco, y arnés, y seguro de vida, y todo. Así como te digo, seguro de vida, los turros te hacen firmar un seguro antes de mandarte a saltar. Aunque no lo creas, el mismo tipo que me hizo firmar un papel en donde dice que el lugar no se responsabiliza por qué sé yo qué que me pueda llegar a pasar, después estaba parado allá en la punta del trampolín llamándome con los lentes en la cabeza, protector solar en la nariz y una sonrisa enorme clavada en la trucha. Un fenómeno.

“Dale, acercate nomás, no pasa nada”, me dijo. Acercate me dijo. Me hizo firmar un papel diciendo que capaz me hago bosta contra el agua y después me decía que me acerque… vivo el tipo, vivazo, eso sí, te lo acepto, la hace bien, se pone un trampolín a no sé cuántas cuadras de altura del agua, en el medio de la nada, te ata un elástico de las patas, te cobra una fortuna, te hace firmar un papel diciendo que si te morís es problema tuyo. Después te llama contento para darte dos o tres indicaciones y el empujoncito del final a la nada misma.

Ahora, yo pensaba, ¿cómo puede ser que te rompas la cabeza por caer al agua? Tenía sabido que el agua era blandita, que amortiguaba, que te dejaba pasar de largo y hundirte. Que si caías salías nadando como si nada, qué sé yo, como en las piletas. En las piletas pasa así, te tirás, caés, nadás, y listo. A lo sumo picará un poco si caés de panza; pero no, acá por lo visto no. Me fui a desayunar ahí arriba que golpear contra el agua a no sé qué velocidad es lo mismo que estrolarte contra el cemento, y el tipo este que me decía que me acerque. Así de fácil. Y yo también lo haría, total con protector en la nariz y una soga atada de la cintura a la montaña yo también soy Gardel. El que salta es otro así que da lo mismo.

Eso sí, no sabés lo lindo se ve todo desde ahí arriba, un espectáculo. La montaña, el cañón, el agua, los árboles. Una flora de la San Puta hay, y una fauna también, unos pajarracos grandotes que no había visto en mi vida, precioso. Daban más ganas de quedarse arriba tomando unos mates y fumando un cigarrillo, que de saltar de cabeza y esperar que el elástico resista. Pero no, ya estaba, estaba parado ahí, atado y toda la bola. Ya había pagado, había ido hasta en lugar, todo. Tenía que saltar. No podría ser tan cagón.

“No pasa nada, che. Vos tranquilo, respirá, relájate y tirate cuando quieras. Disfrutá”. Se ve que me vio asustado, qué sé yo. Pero sí, disfrutá me dijo, yo estaba a punto de sacudirme a un suicidio casi asegurado y el tipo me decía que disfrute. No sabía si hacerle caso o meterle un cachetazo por irrespetuoso, mentiroso y estafador.

Al fin y al cabo siempre me había llamado la atención saber qué pensarían los pájaros esos que vuelan alto y ven todo desde arriba, sintiendo el viento que les pega en el cuerpo y les refresca el balero. Cuando llegué al borde tenía unos retorcijones que parecía que me estaban escurriendo las tripas como un trapo de piso. Pensé que si me rompía la trucha contra el agua y me moría ahí tampoco había estado tan mal lo vivido hasta el momento; y si salía coleando de la travesía –cosa que a esa altura dudaba- aprovechaba esa noche para festejar comiéndome un buen asado y tomándome un tinto al ritmo de los Tekis y sus quenas.

“Bueno, ¿vas a saltar?”, me apuró. Así, sin más, me apuró. Sentí esa contradicción sensitiva de mi cerebro diciendo que no pasaba nada, y mi cuerpo gritándome que no lo haga, que no salte, que ni siquiera me mueva. Los músculos no me respondían. Quería saltar, dar ese pasito que te separa del trampolín al vacío para ya después dejarme llevar –irremediablemente- por lo que la gravedad y la aceleración propia del peso de mi cuerpo quisieran hacer conmigo. Se me tensó hasta el último tendón de la articulación más chica, inútil e inmóvil del cuerpo. Miré al instructor con la cara desencajada y le dije: ¿sabés qué? Anda a la puta que te parió. Y Salté.

No sé si fue más liberador el salto o la puteada, pero la cosa es que me sentí libre. El tiempo se detuvo y quedé suspendido en el aire, percibí una falta de concordancia entre mi envase y yo. Todo se desfasó, el segundero quedó quieto y los pájaros dejaron de planear para mirarme caer. Por un momento no supe si estaba volando, cayendo, siendo atropellado por un tanque, o qué. Pero fue dolorosa y violentamente hermoso. El viento me pegó en la cara con todas sus fuerzas y vi la superficie quieta y clara del río acercarse a toda velocidad. Iba cortando el aire con una aerodinámica similar a la de esos cohetes que tiran los yanquis al cielo para agujerear el ozono. Yo iba así, rápido y puntiagudo. Cortaba el viento con la pera y mantenía los ojos abiertos. Llorosos, chinos, rojos, irritados, pero abiertos.

Extendí los brazos casi por instinto pero la fuerza del aire me los hizo cerrar y me quedaron pegaditos al cuerpo. Tuve los ojos abiertos todo el tiempo para ver el espectáculo. Flashé que estaba en cualquier lado, no sé, esos segundos de caída fueron como –por lo menos- dos horas. Deseaba con la misma intensidad el fin y la continuidad. Quería seguir ahí, pero también quería irme de ahí. El asadito de la noche, el vino, la música, la anécdota.

Se me desconectó el cerebro un toque y volvió a agarrar viaje cuando unas gotitas de agua me pegaron en la cara. Sonreí y quedé balanceándome con suavidad esperando a que se detenga el cimbronazo. Prometí nunca más hacer una boludez de esas, pero también prometí recomendársela a cada persona con la que me cruce, para que nadie se pierda la oportunidad de ver al mundo venírsele encima, mojarse la cara y zafar sonriendo.

Leandro Llona, No tan distintos

Ilustración de Ale Veitch

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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