Todo va a terminar

Nunca les había pasado, pero una vez que entraron en trance empezaron a viajar y todo se puso oscuro. La cosa empezó unos 30 minutos después de haber comido la última porción de torta que les dio la nena hippie de la plaza. La primera alerta fue cuando sintieron que algunos sensores, hasta ese momento apagados, se habían puesto a trabajar. De repente tenían tacto en todo el cuerpo y se miraban las manos maravillados como si se manejaran solas.

Esa fue la cachetada que los trajo en cuenta de lo que les estaba pasando. Antes no lo habían sentido, todo parecía normal, pero de un momento a otro tuvieron la sensación de que todo lo que los envolvía los asfixiaba. Las zapatillas les escurrían los pies, las remeras les pesaban y los jeans molestaban en las piernas.

Todos sus sensores estaban alertas, y ahora las uñas se convertían en yemas.

Él vio su guitarra arriba del sillón y tuvo el impulso de agarrarla y meterse adentro. Lo hizo. Se sentó con la capucha puesta y empezó -solo- a viajar para otro lado. Estaba sosteniéndose. Como si dejar salir música de sus dedos lo mantuviese arriba de los últimos rieles que tenía de cordura. Estaba aterrado. No frenaba entre compases por pánico a no poder empezar el siguiente, se había subido a una pentatónica y se mantenía ahí por seguridad. Jadeaba con los párpados pegados, viendo lo que sólo el músico ve cuando al tocar cierra los ojos.

Ella, desde la cama, partió con rumbo desconocido a varios metros por encima del techo. Las sábanas se movían y todo flotaba como en sueños. Temblaba. Tenía escalofríos. Las puntas de sus dedos empezaron a ponerse rojas y a tener presión. Latían, con sístoles, diástoles e intervalos cada vez más cortos. Sus sienes estaban igual. Iba a toda velocidad y los ruidos en la oscuridad empezaron a hacerse más fuertes. Cada sonido que la casa susurraba lo sentía repetirse y acercarse. El aire estaba pesado y espeso, aplastándola.

Él seguía metido en la guitarra con la seguridad de que mientras se mantuviese ahí el monstruo no iba a poder agarrarlo. Tenía una armadura que no podría romper. La pieza estaba oscura pero la luz de la ventana dibujaba sombras que se movían por todo el ambiente: las paredes, el techo, el suelo, los muebles, todo parecía ser la proyección de la sombra de unas ramas que se agitaban por el viento. Las hojas pegaban latigazos en el vidrio, y ella en la otra habitación murmuraba que se estaba volviendo loca.

El volumen y la velocidad del ambiente tomaron ritmo creciente y todo se hizo más vertiginoso. Él tocaba cada vez más rápido y desprolijo, llevándose sus dedos por delante; ella se agarraba fuerte a las sábanas apretándolas con los puños mientras mantenía los ojos fijos en una de las manchas de humedad del cielo raso y hacía crujir las muelas. El departamento giraba y las ramas golpeaban fuerte contra el vidrio de la pieza.  Había ruidos de terror. Algunas cosas en la cocina se cayeron y hubo voces de vidrios rotos, de metales peleando, de sillas que se suicidan y de canillas que dejan correr el agua.

Alguien golpeó la puerta y todo se volvió silencioso. Él, metido en su guitarra -que ahora tenía rasguños y le faltaban varias cuerdas-, levantó la cabeza y fijó la vista en el picaporte de la entrada. Estaba opaco y quieto como todos los días.

La tensión crecía y lo miraba esperando a que se mueva, a que alguien vuelva a golpear a la puerta o a que simplemente pase algo. El silencio dio lugar a un zumbido bajo pero incisivo que pinchaba cada vez más hondo en los recovecos del cerebro. Todo estaba inmóvil e incluso las ramas habían dejado de castigar al vidrio.

Se incorporó de un salto y empezó a gritar el nombre de su novia, buscándola entre la cocina y las únicas habitaciones que tenía su casa. Había sillas caídas y manchas de café por todas las paredes. Ella lo llamaba y le pedía que fuera, pero no podían encontrarse. Los dos giraron por la casa sin coincidir ni llevarse puestos. Se escuchaban pero no se veían, estaban lejos.

Ella se puso a llorar y volvió a la cama con la cara desencajada mientras repetía que se había vuelto loca. Él llegó y se acostó para abrazarla, diciéndole una y otra vez todo va a terminar.

Leandro Llona, No tan distintos

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Foto: pixabay.com

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