Gatos de luto

Los gatos del barrio, sin importar su edad, sabían que en el patio de la hamaca había una vieja media ciega con la que no se podía joder. Sabían que si ponían una pata en su pasto estaban en problemas, y que tratar de robarle la comida no era una buena idea. Sabían que a la vista podía parecer lenta, pero tenía la habilidad y el instinto para ponerle un buen sopapo a cualquiera que estuviese jodiendo donde no debía. Así era ella, tan linda como brava.

En sus años de vida hizo de todo: vivió adentro y afuera, nos cuidó y la cuidamos, tuvo hijos y sus hijos tuvieron más, cazó pájaros y se los comió hasta dejar las plumas, recorrió todos los patios de la manzana y boludeó desde lo alto del paredón a más de un perro que, enloquecido por la furia, no se daba cuenta que nunca la iba a agarrar.

Era más fuerte que un quebracho, eso no lo puede negar ni discutir nadie. Tuvo más cumpleaños que cualquier otro felino en el mundo y tenía casi la misma edad que yo. Siempre, siempre, siempre se la bancó. Con el tiempo fue perdiendo algunas capacidades: veía poco, olía menos y se movía lento, pero hasta el último día tuvo las garras afiladas para parársele de manos a cualquier gato que se hiciese el vivo en su terreno. Y lo hacía sin dudarlo.

Cuando eramos chicos y caíamos en cama durante días, ella se acostaba firme en nuestros pies y no se movía de ahí hasta que estuviésemos recuperados. Sabía cuando alguien la necesitaba. Se instalaba ahí y salía afuera sólo para comer o ir al baño. Un lujo de enfermera, la guacha.

Ni hablar de sentarse en el sillón a ver tele y pretender estar sólo, de un movimiento volaba desde al lado de la estufa (lugar donde descansaba en invierno) a instalarse en la falda sin ánimos de moverse por un buen rato. Nos vio crecer, aprender a andar en bici, hacer una casa en el árbol, usarla durante años, demolerla, sacar el árbol, poner cemento, agrandar la parrilla, todo. Empezar y terminar la escuela y la universidad.

Hay mil historias sobre ella y los momentos épicos que protagonizó, fue testigo, cómplice y compañera desde el primer día hasta el último. Hoy los gatos del barrio le rinden culto contando su historia a los más chicos, para que nunca olviden que en el patio de la hamaca vivió la más hermosa y longeva de toda la especie.

La vida es así, ningún bicho que respire es inmortal, y ahora le tocó a ella. Voy a extrañar salir al patio y saberla ahí, acercándose al trotecito y ronroneando desde lejos.

Buen viaje, bombón. Gracias por todo.
Nos vemos del otro lado de la luna.

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