Gladiadores de garage

Abandoné la casa de Wachoski un sábado por la mañana. Él y su chica dormían cuando me dispuse a bajar las escaleras con la mochila colgada y el toallón húmedo arrugado en una bolsa. Antes de llegar al descanso escuché una voz ronca pero risueña que salía de la oscuridad de su habitación.

¿Así nomás te vas? Rajás calladito como una rata… – salió de la pieza entredormido y estiró la mano para saludarme.

Nos dijimos buen día, nos dimos un abrazo, agradecí la hospitalidad y me fui con la cara llamativamente desordenada. Sabía que mi expresión podía hacer que cualquiera cruce de vereda al encontrarme de frente, y que con mi equipaje era conveniente no llamar demasiado la atención, así que me puse los anteojos y traté de pasar desapercibido en la vía pública. Era lo mejor que podía hacer. Caminaba como lo haría Sid Vicious saliendo de un asado de 72 horas con amigos sin levantar la persiana ni ver el sol.

Mientras me alejaba iba recapitulando lo que podía de las jornadas que habíamos pasado en ese castillo de la calle Funes: fueron días y noches de banquetes con guitarras, música fuerte, videos de accidentes aéreos, partidos de play y caza de aves con ballesta (un vecino suyo tenía gallinas en el patio, y jugábamos a atravesarles el cogote con una flecha desde una ventana de la planta alta, era un juego).

La noche del miércoles (uno de enero) nos propusimos cenar temprano, tomar dos cervezas e irnos a dormir. Había que levantarse a las 7 am para salir a trabajar, y ambos presentamos esa alternativa mientras sonreíamos sabiendo que iba a ser difícil cumplirla a rajatabla.

Algunas horas después, alrededor de las 5 de la madrugada, noté que la casa era una tropelía caótica pero armónica, y que había gente por todos lados. El sol había empezado a salir y brillaba por la claraboya del techo. Era como estar en una reunión de orcos después de que se acabe la comida.

Estaba sentado en un sillón de mimbre con un Cuba Libre preparado en un vaso medidor, de esos que se usan para calcular las cantidades de harina, azúcar y líquidos a la hora de preparar una torta, panqueques u otra receta. Tenía el copón colmado de ron con Coca y un par de rodajas de limón flotando en círculos. El hielo se había terminado hace rato.

Las luces estaban apagadas, había humo espeso y sonaba Massacre Palestina.

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La ventana del patio estaba cerrada con cartones de pizza pero dejaba pasar cierta claridad. Las figuras de Wachoski y el Colo se veían como dos siluetas amenazantes que se medían sin tregua. Ambos tenían la guardia en alto, una mano atrás y la otra adelante, y se apuraban con lastimarse si el otro no bajaba su arma: una máquina de cortar pelo encendida y rugiendo, en un caso; y un cigarrillo al rojo vivo, en el otro.

El Colo había sido rápido y se había aparecido en el lugar con la máquina de cortar pelo para hacer alguna maldad y rebanarle la cabeza a alguien. Entró sacudiendo el aparato encendido en busca de pelea y Wachoski lo cazó al vuelo y se prendió en la contienda. Se incorporó de un salto y se sacó de la boca el pucho que acababa de prender.

– ¡Largá eso porque te quemo la cara! – le gritó mientras se le iba al humo con el cigarro listo para atacar.

Todos sabíamos que no iba a terminar bien. Uno tiraba zarpazos con la máquina de pelar y el otro blandeaba con violencia su cigarrillo encendido. Alguien iba a salir lastimado, pero la situación era graciosa para quienes la mirábamos desde afuera. Era una lucha entre gladiadores, y teníamos palco preferencial con bebida y todo para verlo de cerca y alentar al del arma que más nos guste. Empezamos a correr apuestas entre nosotros y a cruzar miradas y cabeceos vaticinando un posible (supuesto) ganador. La noche perfilaba bien.

En el fondo sabíamos que habría un tema con nuestras neuronas, pero no le poníamos interés. Al día siguiente tendríamos que tener una conversación con las que estuviesen vivas para charlar sobre su futuro: que sería oscuro, pero rimbombante y lleno de distorsión. A veces, conectar una pedalera de efectos entre nosotros y el cerebro -o entre el cerebro y la realidad- hace que el panorama cambie y se vea exótico y prometedor.

– Apagá la máquina, bajala, y yo me fumo el pucho tranquilo, sentado.

– Dejá el cigarro en la mesa y yo apago la máquina, confiá en mí.

– No seas boludo…

– No soy boludo. Dejá el cigarro en el cenicero y yo apago la máquina, ya te dije.

– Te quemo la cara, me importa un huevo.

– Dale, te dejo sin cejas de un planazo, cagón. Vos quemame y te saco las cejas de un saque.

– Quedate en el molde, eh. ¡Quedate en el molde, cagón!

– ¡Vos cagón! ¡Vení!

Cada frase era acompañada por un movimiento de arma y un pasito hacia adelante, como marcando un territorio del cual el otro no podría pasar sin llevarse una herida.

De un sólo trago me tomé el medio tarro de Cuba Libre y me paré como pude. Dije buen día, saludé con la mano y arranqué para la pieza, en la planta alta. Encaré la escalera y la subí de un tirón. Me derrumbé en la cama sabiendo que en poco más de una hora tendría que levantarme y salir arrastrando a trabajar. Cerré la cortina para que no entre el sol y me acosté de costado, dándole la espalda a la puerta. Grave error.

Minutos más tarde escuché una estampida que se acercaba atropellada por la escalera.

– ¿En qué pieza duerme, en qué pieza duerme? – los pasos se acercaban y el sonido de la máquina de cortar pelo se hacía cada vez más certero. Venían a por mí.

La puerta del cuarto se abrió de sopetón. Yo, todavía despierto, permanecí callado e inmóvil. Alerta, pero simulando ser parte del inmueble. Había visto en Jurassic Park que era bueno hacerse el duro con un Tiranosaurio al acecho. No sé por qué recordé eso, ni por qué pensé que era una buena idea, pero lo hice y funcionó. Me quedé ahí casi sin respirar y no me vieron.

El malón se frenó amontonado abajo del umbral de la puerta. La máquina siguió sonando un segundo hasta que se apagó como callándose ante la habitación dormida. Uno dijo: che, se levanta en un rato, dejémoslo dormir, ya fue. Y se fueron.

Respiré nuevamente y seguí en posición fetal de espaldas a la puerta, que había quedado abierta después del ataque que no fue.

Ellos bajaron y se pusieron a surfear sobre una mesita ratona mientras escuchaban Ramones a todo trapo y jugaban con la cadena de una bicicleta. Concilié el sueño y el despertador sonó al rato. De mala gana giré y pospuse la alarma para que volviese a sonar en 10 minutos.

Permanecí recostado mirando a la puerta, la casa se veía vacía y en silencio. Justo antes de que la alarma volviese a sonar vi a Wachoski (no el de Matrix, mi amigo) pasar caminando hacia su habitación. Traía un paso desordenado, como dejándose llevar por la inercia que lo llevaba a la cama.

Tenía la cara desencajada, un surco pelado en la zona del parietal izquierdo y sangre chorreando de la oreja. Le faltaba una zapatilla y el cuello de la remera estaba estirado como si lo hubiesen tironeado para arrebatársela del cuerpo.

Antes de que desaparezca en la oscuridad lo escuché susurrar una canción:

– Venía rápido, muy rápido, y se le soltó un patín…

Leandro Llona, No  tan distintos

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