Omar, el espectador [Parte III]

No era la primera vez que el viejo Omar era atacado (y mordido) por una tortuga de mar. El bicho pesaba más de 50 kilos y estaba hambriento, furioso y entrenado. Se lo encontró a la salida del banco y le saltó encima como una fiera desequilibrada.

No supo bien qué hacer hasta que, de buenas a primeras, se encontró en el suelo con el animal encima, largando espuma por la boca; gruñendo enloquecido e intentando desgarrarle la ropa con las uñas. Intentó luchar, pataleó y hasta quiso tomar al reptil acaparazonado* del cuello para ahogarlo o sacárselo de encima. Todo fue en vano. Jadeaba y se movía con fuerza y tenacidad. Estaba ensañado e iba a ir a por todo.

Omar miró hacia los costados y notó que la ciudad transcurría con normalidad, la gente seguía caminando y nadie se había detenido siquiera a mirar el espectáculo o a darle una mano. Siguió luchando con fervor cuando, entre pataleos y tarazcones, el animal le incrustó una de sus patas traseras en la pierna y no tuvo otra que bajar la guardia por el dolor.

Automáticamente recibió una mordida en la zona del cuello y otra en la oreja que le arrancó la mitad. – ¡Hija de puta! – gritó y salió de abajo de ella con la fuerza que antes no tenía. Supuso, entonces, que fue la adrenalina del dolor lo que lo impulsó a poder sacarse al bicho de encima y ponerse de pie.

Ahí fue cuando la cosa se puso fea: su cabeza chorreaba sangre y la tortuga seguía ahí, agazapada sobre el asfalto. Mirándolo de frente y babeando más que antes. Sus ojos estaban rojos y había sangre en sus garras. El panorama para Omar era desmotivador.

*acaparazonado: que tiene caparazón. 

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Sobre este tipo de animales

La escuela, Encarta y después Wikipedia nos enseñaron que las tortugas de mar, también llamadas Chelonioideas, no tienen dientes ni uñas: sus bocas están equipadas con picos cortantes que sirven para fraccionar lo que comen (son omnívoras), pero no poseen garras, filosos colmillos ni poderosos molares como para atacar a un ser humano de 90 kilos.

Por otra parte, su agilidad es limitada y no podrían saltar y abalanzarse sobre una persona para derribarla y mordisquearle el cuello. Sí tienen, y esto es de popular conocimiento, rígidos caparazones que les permiten defenderse de los ataques y los cambios bruscos de temperatura. Pueden vivir unos 150 años y, aún en su adultez, no suelen superar los 30 kg.

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Ésta era algo excepcional, distinta a todas las que los documentales y revistas de animales presentan. Era una fiera ágil, fuerte y depredadora de 50 kilos.

Ambos quedaron mirándose fijo un instante como si se avecinara una lucha cuerpo a cuerpo de las que podían verse en las viejas series animadas de Dragon Ball o Caballeros de Zodiaco. Un combate épico que terminaría con los adversarios dándose golpes y tirándose bolas de fuego suspendidos a varios metros del suelo como si no existiese gravedad.

La bestia, ahora más enojada, comenzó a pararse sobre sus patas traseras y alzó sus manos al cielo como implorando fuerzas del más allá. Omar alcanzó a escuchar que pronunciaba algunas palabras en un idioma extraño cuando de repente una lluvia de tortugas empezó a azotar la ciudad rompiendo autos y tumbando a las personas. Algunas golpeaban de lleno contra el asfalto y se hundían en los destrozos, otras caían de pie y se ponían en guardia.

Todo fue un caos, al menos por un instante.

Omar salió despavorido y aprovechó el revoleo para escapar de su adversario. Corrió durante dos o tres cuadras esquivando los bultos que caían del cielo mientras se arrancaba una manga de la camisa para frenar la hemorragia.

Finalmente se detuvo. Permaneció inmóvil y callado durante algunos segundos. Un frío empezó a recorrer su cuerpo y sintió una parálisis que subía desde sus pies hasta sus hombros. Tenía la boca pesada y los ojos desorbitados. Tanteó su oreja y estaba intacta, pero sus manos titubeaban con movimientos poco precisos.

Tuvo un ataque de risa que lo dobló en dos y se sentó en un cantero que tenía a mano. Apoyó sus codos en sus rodillas y se quedó ahí, riéndose a los gritos y secándose las lágrimas con la camisa destrozada mientras la ciudad seguía su ritmo normal.

Leandro Llona, No tan distintos

Ilustración de Ale Veitch

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