Doble cinco y el tres de nueve

Me acuerdo que a mi primo la gorra siempre le quedaba grande. Sea del tamaño que sea, cuando corría le bailaba y la visera se le caía de manera tal que le llegaba hasta la nariz. Se le complicaba para ver. No podía -por ejemplo- jugar al fútbol con gorra porque a la primera de cambio perdía el sentido de la visión y se estrolaba contra alguno. Era un show ver sus partidos. Los demás ya lo sabían y se quedaban cerca para prestar atención y ver cómo rodaba después de llevarse puesta alguna cosa que estuviese a mano.

El domingo había amanecido soleado y era un día especial para jugar a la escondida entre los árboles y competir en puntería con piedras mientras los grandes se encargaban de la comida y ese tipo de cosas. Mis primos y yo estábamos jugando a unos metros del campamento. Esperábamos a después de comer para andar a caballo y bajar a la playa. Nos habían hecho poner protector a todos porque era casi mediodía y es la hora en la que el sol pega fuerte y sino después nos quemábamos y quedábamos rojos como el tomate. O al menos así nos decían.

La carne arriba de la parrilla crujía alertando que faltaba poco para la hora del almuerzo. En la mesa el puntaje del truco ya había pasado las cinco buenas y entre risas se había empezado a jugar con flor para acelerar el tranco, poner los platos y condimentar las ensaladas. Era la postal del domingo de campamento en la que todos se ríen, comen, charlan o juegan a algo. El sol brillaba fuerte pero la sombra de los árboles y el vientito del este hacían del lugar un edén insuperable.

– ¡La puta que los parió!

La voz aguda de la abuela Cecilia cortó el aire y una nube de pájaros salió volando del techo de la casilla del tío Iván. Todo el mundo se quedó callado y los que estábamos cerca nos quedamos quietos mirando fijo el ventiluz del baño. Nadie se movía ni emitía sonido. Las pilas de la radio con la que escuchaban Freddy Torrealba desde la parrilla se terminaron y hasta la lucecita roja que marca el dial se opacó para apagarse.

– ¡¡La puta madre que los ree parió!! – remató enfurecida desde adentro del sanitario y sonaron dos golpes secos que acompañaron la expresión.

Ninguno de los grandes supo bien qué hacer y el abuelo manoteó la radio apagada como para ver qué le pasaba e intentar sacar un tema de conversación de la galera. Nadie dijo nada. La carne seguía crujiendo pero el olor a asado no fue suficiente para captar ninguna atención. Mi primo se levantó la visera con el antebrazo y escaneó el entorno con la mirada como buscando una explicación, pero el silencio era tan fuerte que el aire se puso espeso y nadie se animó a hablar.

– Gol de Independiente – arriesgó. Y todos asintieron y se cagaron de risa.

Leandro Llona, No tan distintos

caravans-874549

contacto: leandrollona@gmail.com

Ilustración de Ale Veitch

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